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Ser y no ser

     Estoy sentado en la peluquería. El peluquero trata de hacerme plática. En vano respondo con monosílabos. Tiene ganas de platicar sí o sí.
     Su exploración llega al asunto de la profesión. Le digo que soy psicólogo. Me pregunta si hice una especialidad. Psicoanálisis, respondo. Le brillan los ojitos.
     En 45 minutos apuesta por contarme su vida entera. Su alcoholismo. El día que golpeó a su mujer. Cómo perdió a su familia. Su recuperación.
     Al despedirme le doy una propina. Me dice: 'déjelo así, quien debiera pagarle soy yo'...

     Salgo a la calle. Tomo un taxi.
     Suena el claxon estridente de un camión.
     El taxista dice: "Bájale de huevos cabrón... No estoy de humor..."
     "¿Qué le pasó jefe?; ¿Qué lo puso de mal humor?", pregunto...
     "Te vale madres..." -murmura. "Ni que fueras psicoanalista..."
     Prende el radio y acelera.


Pampa II

     Voy a la tienda del "Buen Bife" a recoger el flamante asador que Jennifer me regaló de cumpleaños hace ya casi tres meses. Estoy contento, anticipando la cantidad de amigos que desfilarán por la casa departiendo carne, vino y charlas de sobremesa.
     Al salir de la tienda, cuando me despido del dueño, --sonriendo, mientras me aprieta fuerte la mano-- me dice con una complicidad argentina: "Te lo merecés, pibe...". La frase me sorprende, pues a pesar de que seguramente se trata de la misma fórmula que aplica a todos sus clientes, la siento genuina y oportuna.
     De buen gusto le regreso el apretón de manos, y en mi cabeza, con el mismo acento porteño le contesto: "Tenés tanta razón, pibe..., ¿cómo lo sabías?"...

Ser y Nada

- "Hijo de putain! ¡Poco hombre! ¡Va-t´en au diable! ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Cómo pudiste elegir esto?"
... Silencio.
- "Sin duda, madame de Beauvoir... Es natural que esté desolada frente a la muerte de su amante.
... Silencio. Un sollozo ronco y breve.
- "Aquí termina la sesión. Nos vemos la próxima semana.", dijo el senil Jacques-Marie Lacán.

Los Miserables del Orinoco

Un recuerdo el día en que Venezuela vive una nueva jornada electoral...

Hugo Chávez, presidente de Venezuela propone un referéndum al pueblo para que se autorice formalmente su permanencia vitalicia en el poder, en donde de paso, el pueblo le otorgará poderes prácticamente absolutos. Con la arrogancia que le da saberse dueño de dos terceras partes del electorado, de una cuadrilla de adeptos oportunamente engrasada, y todos los petrodólares a su disposición para superar cualquier potencial resistencia, se lanza a predicar al pueblo las bondades de su proyecto bolivariano. Concentra los preceptos del referéndum en un librito rojo que se parece al nuevo testamento que uno encuentra en el cajón de cualquier hotel. Chávez  (igual que Mao, años antes) conoce el valor simbólico de esta condensación para apuntalar su carácter de semidios.

Cuando parece que su victoria está signada, pues la oposición es débil y está rota, algo hace despertar de su letargo estudiantes venezolanos para encabezar la campaña del “No” a Chávez. La trama en lo subsecuente, parece una calca de “Los miserables” de Víctor Hugo: A Chávez – el rey tirano – y su cuadrilla de cínicos – la familia Thernardier—se enfrentarán Stalin Gómez y Yon Goicoechea en los papeles de Pontmercy y Enjolras; Baduel, un ex militar que hasta hace unos meses fungió como la mano derecha de Chávez, será en adelante Valjean.

Los estudiantes salen a las calles a manifestarse y montan una barricada humana con su idealismo y su determinación. Siguen adelante soportando amenazas y mentiras, violencia y manipulación. Rejuvenecen a una sociedad agotada, cuya voluntad colectiva estaba a punto de extinguirse.

En el momento más crítico cuando las fuerzas les faltan, se suma a su gesta un valiente Baduel, quien no teme en apostar su seguridad personal. Confronta públicamente a Chávez: "ningún país crece bajo la sombra de un dictador".

Llega el día del referendo, la batalla final.

Cual si fueran sargentos de regimiento o capataces en prisión, las cuadrillas rojas de Chávez acuden a los barrios pobres de madrugada y despiertan a los habitantes con dianas para que no falten a votar. Para apuntalar la efectividad de la convocatoria, como ocurre en cualquier sitio ajeno a los ojos de dios en que abundan los miserables, la invitación viene acompañada de desayuno, camiseta y veladas amenazas.

A la una de la mañana, seis horas después de que el Consejo Nacional Electoral (CNE) debiera haber ya anunciado los resultados, la tensión crece. Se sospecha lo evidente: Chávez no aceptará su derrota y saboteará el pronunciamiento del consejo. Los militares llegan a la sede del CNE y rodean a los dirigentes opositores. El crimen es inminente.

Entre los cascos de los soldados, los líderes opositores y los estudiantes se desgañitan. Se juegan el todo por el todo. Exigen enfáticamente que el CNE cumpla con su obligación y se pronuncie; que cumpla con su obligación de declarar un ganador y revelar lo que todos saben para estos momentos. De poco parecen servir sus reclamos. Los soldados los amedrentan. Son marginados de la última sesión de conteo, a pesar de que existía un acuerdo que garantizaba su representación. Uno de ellos explica desesperado frente a la cámara que sí han dejado entrar a uno de los suyos, "pero es uno que no tiene la habilidad política…" ¡Gavroche contra el ejército entero!

Entrada la madrugada, custodiada por soldados, la presidenta del CNE aparece en la pantalla. Para sorpresa de todos declara la irreversible derrota de Chávez.

Al final del día, en el conteo, los votos rojos han sido únicamente cuatro millones y poco más. La avalancha de siete millones de adeptos con los que Chávez contaba, se ha diluido; cerca de tres millones se han abstenido de votar, que es una forma de protestar sin desafiar abiertamente.

Dos minutos después, Chávez, el dictador, el demagogo, acepta su derrota. Asume sus errores y felicita a sus contrincantes, en una victoria que califica de pírrica. Al hacerlo deja por un momento perplejos a todos. Sin embargo, aquellos que  a lo largo han testimoniado la potencia del veneno del poder, y han visto que nadie renuncia a él porque sí, por pura nobleza, saben que Chávez regresará tarde o temprano.

Como quiera que sea, la circunstancia permite que uno de los dramas de la literatura universal sea reescrito con un final distinto: los estudiantes, enarboladores de esperanzas, han triunfado desde su trinchera. El rey, al menos esta vez, ha caído. Por lo que dura la noche y mientras estallan fuegos artificiales que iluminan el Humbolt en la cima del imponente Ávila -- Utopía es posible.

En la selva de asfalto del siglo XXI, en que no hay distancia demasiado grande para los medios, millones de ciudadanos nos enteramos de este drama en la transmisión nocturna de CNN. Tan acostumbrados estamos a mirar hasta el último rincón del mundo a través de los ojos de la televisión y su hambre de espectáculo, que a ninguno de nosotros hubiera extrañado que Cameron Mackintosh apareciera como productor ejecutivo del programa. En ese supuesto, al cierre de la emisión no cabe duda que las letras de los créditos hubieran corrido al ritmo de la música de Herbert Kretzmer:

“Do you hear the people sing
Singing the song of angry men?
It is the music of the people
Who will not be slaves again…

When the beating of your heart
Echoes the beating of the drums
There is a life about to start
When tomorrow comes…”

Mi abuelo

Una tarde de julio, a sus ochenta y cinco años, mientras fuma un cigarro en patio trasero de la casa, me dice mi abuelo que él ya va en picada. “¿Y qué le voy a hacer? ¿Para qué ir en contra de lo irremediable? Si así ha de ser, que sea… La edad es caraja”.

Nos quedamos callados, contemplando el cielo y los árboles.

Los árboles fueron podados totalmente hace poco más de un año. Sólo quedó el tronco. Creíamos que así se quedarían. Yermos. Un par de maderos gigantescos sin color y sin gracia. Sin embargo han vuelto a florecer. Un tupido follaje verde y lila adorna nuevamente a las jacarandas.

Lo comentamos. Me dice: “Así es la vida… busca hasta el último camino para manifestarse. No se rinde. Encuentra la forma…”

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En la cabeza

Hace unos años organicé un curso de capacitación para el grupo de intendentes de mantenimiento, vigilantes y afanadoras de limpieza del colegio para el que trabajaba. El título del curso no escapó a la rimbombancia retórica: “Eficiencia y colaboración en el trabajo”. Fue el primer curso de este tipo que jamás se dio en el colegio.


La sorpresa no tardó en tocarme...

Las mujeres salieron de los vestidores de intendencia maquilladas, luciendo vestidos de fiesta, chales y tacones. Los hombres llegaron perfumados, vestidos de traje y corbata.

Eligieron sentarse en la herradura de sillas estrictamente separados. De un lado los hombres. En franca oposición espacial, las mujeres. No se volteaban a ver, ni se dirigían la palabra. Se comportaban como si se hubieran quedado detenidos en el país de los ocho años de edad.

Apenas había transcurrido la primera hora introductoria del curso y sin que nada lo de lo que yo había expuesto lo justificara, uno de los intendentes pidió la palabra. Inesperadamente, rompiendo en llanto, expuso propósitos de enmienda para su comportamiento machista.

Espontáneamente, el resto del grupo lo siguió. Mitad desconcertado, mitad intrigado, los dejé hablar.

De ahí en adelante, durante dos días, la concordancia entre los temas expuestos y las intervenciones de los participantes fue nula. El curso se convirtió en una especie de terapia grupal. Tratando de hacer sentido a este involuntario derrotero, especulé que acaso todos estamos ávidos de que alguien nos escuche, y a través del discurso – ese acto mágico de transformar la realidad interna en palabras – cada uno justifica su existencia frente a los otros.

Como quiera que haya sido, conforme el curso fue avanzando, la geografía del grupo cambió. Los hombres y las mujeres se intercalaron en la herradura de sillas. Y como si una fuerza invisible disolviera las fronteras, empezaron a dialogar con interés y frecuencia.

Al final, durante la ceremonia de entrega de diplomas todos los participantes expusieron conclusiones que a esta altura eran ya, de alguna manera, esperadas: “debemos respetar a nuestras mujeres y quererlas más; cuidar a nuestros hombres; educar a nuestros hijos; dejar la cochina bebida…”

Terminado el curso, todos nos dispusimos a compartir la comida del domingo.

Al sentarnos en las mesas, nuevamente se separaron hombres y las mujeres. "Hábitos, viejos lastres” – pensé.

Y sin más, después de asegurarme que todos tenían carnitas, tortillas, salsa y refrescos suficientes, me senté, como correspondía, con el grupo de hombres.

Don Lupe, el portero de la escuela, tenía en ese momento la palabra y el resto lo escuchaba con atención: “Yo creo que hay que tener mano dura” – dijo. “Yo a la pinche endina de mi esposa sí la he puesto quieta. Un día se me puso rejega y tuve que sacar la pistola y darle sus cachazos. Así, en la cabeza, seco, pa´ que sepa quien manda...”

Yo lo miraba a él. Los miraba a ellos. Mudo. Sosteniendo un taco a la altura de los ojos y con la boca llena.

No puedo decirlo con certeza, pero estoy casi seguro de que hasta yo asentí…

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Ser un gran señor

Como con Fernando Paiz en una terraza del Hotel Marriott en San José de Costa Rica. Me dice que el clima es muy parecido en este país al de Chiapas: en un segundo, los montes de verde y tupida vegetación se cubren de niebla y cae un aguacero torrencial. Diez minutos después el cielo se despeja por completo y es inverosímil pensar que en este lugar hubo alguna vez nubes. Desde donde está dispuesta la mesa donde comemos la vista es magnífica. Él no puede apreciarla sin embargo, pues me ha cedido el privilegio de sentarme del lado de la mesa que domina el panorama.


A propósito me cuenta que existe una peluquería en el pueblo de Sololá en Guatemala, que está ubicada justo en la parte superior de un monte desde donde se domina el Lago Atitlán que está cercado en el fondo por volcanes. En la peluquería existen dos hileras de sillas para que los clientes se atiendan. Mientras una de ellas está orientada hacia el interior del salón, la otra permite apreciar la vista. Con el tiempo los peluqueros empezaron a cobrar tarifas diferenciadas para cada hilera: un corte con vista cuesta significativamente más que un corte sin vista. Desde entonces, los grandes señores de la región se aseguran de pagar un corte con vista, pues en el pueblo, este se ha convertido en un símbolo inequívoco de estatus, y los transeúntes que pasan frente a la peluquería, se encargan de hacer correr oportunamente la voz que distingue y señala a los unos de los otros según su jerarquía y señorío.

Los peluqueros –escuchadores profesionales, expertos en las sutilezas del alma humana e intuitivos comerciantes-- han pintado en la pared del fondo de la peluquería exactamente el mismo paisaje que se abre al frente, con los mismos volcanes y todo. Han justificado así un ligero incremento en las tarifas de los cortes sin vista, y permiten, al mismo tiempo, a los clientes menos pudientes, vivir, mientras dura el corte de pelo, la experiencia de ser un gran señor.

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Más vale maña

Oscar cuenta que estudió la carrera en una Universidad de Kentucky, en Estados Unidos, en un colegio en donde él era el único latinoamericano. Había un par de asiáticos, y el resto de la matricula eran chicos americanos. Muchachos blancos y enormes.

Tratando de acelerar el proceso de integración al grupo, Oscar se presentó a los entrenamientos del equipo de futbol americano, que era lo que allá se jugaba.

Tuvo una retirada prematura después de que un ropero de 95 kilos, mirada de loco y velocidad de puma, le hizo saber --mientras le aplastaba los huesos en la primera jugada que Oscar recibió un pase en la banda-- de las agallas que se requieren para jugar de receptor abierto.
Así fue como Oscar llegó al equipo de futbol soccer, como debía haber sido desde siempre.

Al término del primer entrenamiento, el coach lo mandó llamar, intrigado: “Oscar, usted tiene una puntería asombrosa. Cada vez que chuta, el balón va invariablemente con dirección hacia la portería. Lo que me llama la atención es que usted nunca le pega fuerte a la pelota. ¿Qué le impide tomar más riesgo con la pelota y patear con fuerza, como sus compañeros (todos gringos de Kentucky) aunque de vez en cuando vuele la pelota a la grada?”

Oscar cuenta que el gringo aquel escuchó su explicación con la boca abierta:

A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, donde los niños entrenan con un saco de balones, en Nicaragua, donde Oscar pasó jugando toda la infancia, sólo había un balón para todos los niños de la cuadra. Pegarle fuerte y volar la única pelota de aquella cancha construida en el tope de la colina implicaba suspender el partido cinco minutos, y tirarse una carrera de doscientos metros de bajada y de subida de la ladera aquella.

Así, porque los recursos son limitados, es como desde niños todos en Latinoamérica aprenden que más vale maña que fuerza.

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La función de la mercadotecnia

Por esa época hice un viaje a Nueva York para escapar de la experiencia de desamor que recién había vivido. La niña de mis ojos me había dicho, sencillamente, que no me amaba.

El viaje tenía un cierto aire bohemio. Quería quedarme solo conmigo, con mi dolor, mi voz y mis verdades. Quería olvidarla. Quería escribir. Lo que fuera. La crónica de mi amor desesperado o un diario de viajes.

El caso es que después de varios días de soledad budista, nada parecido a la iluminación ocurría. Tenía la cabeza llena de humo. No sentía nada por más que forzara mi espíritu a las profundidades. Tenía el corazón anestesiado. Y de escribir, obviamente, nada... Mi cuaderno acumulaba garabatos y comienzos en falso.

Uno de esos días, después de una larga caminata con mi back pack al hombro, de escaparate en escaparate de la Quinta Avenida, me topé con el Nike Town.

Apenas entré en la tienda, una pantalla descendió en el espacio central y empezó la proyección de un comercial de la última temporada. Un chico estadounidense de viaje en Florencia. No carga nada más que una mochila al hombro, una pelota de básquet ball y su pasión por el juego. De inmediato intenta integrarse a un grupo de italianos que juegan en el parque, pero es, sin más, rechazado. Se retira tristeando y se consuela botando su pelota y encestándola en los maceteros de algún barrio florentino. Transcurre la mañana entre puentes y estatuas. Nunca deja de botar la bola. Su divagar lo lleva a otro parque cuando está punto de caer la tarde. Observa detrás de la reja con ocho años de edad en la mirada al grupo de chicos que ahí juegan. Finalmente lo invitan. Refuerza al equipo más débil. Gracias a él, ganan. Comparten refrescos al final del juego. Letras blancas en un fondo negro: Nike, just do it!

El comercial se trataba, desde luego, de un cliché. Pero conectó conmigo.

Continué la visita alrededor de la tienda guiado por Michael Jordan, Ronaldo, Pete Sampras... los héroes de la palomita que encarnan el verde sueño americano... Llegué al último piso. Fue entonces que escuché el reclamo de mis pies cansados.

Me senté en una banca justo en el momento en que volvió a bajar la pantalla.

Un viejo alemán de ochenta años se dispone a correr por primera vez el Maratón de Nueva York. Corrió su primer kilómetro bien entrado en la sexta década de edad. Su mujer, que aparece en escenas alternadas, explica que su esposo siempre fue una mula terca que consigue lo que se propone. Es por eso que ella se ha dedicado todos estos años a prepararle el almuerzo para que recobre las fuerzas despúes del entrenamiento. Se dispara la pistola. Una multitud de hormigas se lanza a la carrera en medio de los rascacielos. El viejo comenta que los primeros kilómetros son fastidiosos, pues tiene que soportar que los otros competidores lo empujen y lo trompiquen. Ya después puede correr con más libertad. Es evidente que cojea: lo acompaña desde el cuarenta y tres una herida de guerra. A los treinta kilómetros un cúmulo de ideas le inundan la cabeza. “¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Vale esto la pena?” Supera las dudas y continúa. Cuando sólo faltan diez kilómetros, enfrenta el verdadero reto del maratón: “El martillo” le llaman a esta etapa. Cada paso es un golpe de dolor, cada átomo de su cuerpo se rebela. Su rostro es un collage de las lastimaduras de todos los hombres de todos los tiempos. Cámara lenta. Silencio. Sólo se escucha el tambor de su pecho y su respiración. Los espectadores parados en la acera lo sostienen con la mirada. Cruza la meta. Se desploma. Termina el maratón. Nike, just do it!

Justo en ese momento sentí algo húmedo en mis manos. El reflejo me hizo voltear al techo para ver si se trataba de goteras. Apenas entonces me percaté. Estaba llorando…

Lloraba como niño chiquito extraviado, frágil, sin consuelo.

Temblando de rabia y tristeza vino a mi boca el nombre de la mujer que aún amaba. La mujer que me robó los colores, que me resquebrajó los sueños. La mujer que me clausuró los caminos y por cuya añoranza me volví tanto menos de lo que en realidad era…

Ese día, por fin, empecé a olvidarla…
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Bogotá, Avenida 11, 2007

El día empieza con la entrevista del presidente de Cemex en Colombia. Un negocio de 400 millones de dólares.

- Puede que se trate de uno de los diez personajes más poderosos en el mundo empresarial colombiano.
- En toda la entrevista está implícito este poder: el papel que Cemex juega en el impulso al desarrollo de Colombia -- la vivienda, la infraestructura, el sector comercial; la interlocución con actores políticos y gubernamentales en cuya agenda la construcción es un tema de primer orden.
- Me cuenta incluso que el presidente Uribe recién apeló directamente a Cemex, pues en los foros y asambleas del pueblo que sostiene semanalmente, le ha sido reiterada la preocupación de la gente en torno al alto precio del cemento.
- Toda la mañana escucho su perspectiva sobre los retos de gestionar una empresa de alcance global, de desarrollar talento para cubrir las demandas de crecimiento de la organización; la dificultad de transformar la cultura, la mentalidad de la gente.
- Me cuenta también que a él le ha tocado estar en otros países en su carrera, y que ese tránsito le ha enseñado la importancia de que un líder se arraigue a su responsabilidad, a su organización, a su país.
- Me dice que pocas cosas son tan dañinas como el desarraigo, como la falta de compromiso, como la insensibilidad hacia la cultura del país en que se está y para quien se trabaja.
- Me dice: "En México, yo fui de México, y lo sigo siendo. En Colombia, soy de Colombia."

A media entrevista, el primer paréntesis, el primer contraste.

- Presencio su diálogo con una chica de la organización a quién recién acaba de detectársele el cáncer. Le da ánimos. Le comparte que hace dos años él pasó por lo mismo y logró sobrevivir.
- Frente al poder, el primer límite: la enfermedad, la impotencia.

Salgo de la entrevista un poco tocado, sensible.

- Pienso en mi propio compromiso con mi responsabilidad, con mi país.
- Pienso en el milagro de estar sano; en la alegría de tener salud.

Camino por la avenida 11, justo esquina con la 93.

- A lo lejos escucho una agitación. Me apresuro y atestiguo un accidente.
- En Colombia, en plena luz del día, sobre la calle circulan una serie de pepenadores con sus caballos y sus carretas. Compiten en el asfalto con los coches.
- A uno de ellos se le escapó el animal que se desbocó a correr por las calles, sin control. El caballo corre jalando una carreta con desperdicios.
- Sobre la carreta va también una mujer con un bebé de brazos.
- El hombre va metros atrás, corriendo y gritando.
- El caballo cruza perpendicularmente una avenida mayor, a punto de ser arrollado por un taxi.
- Se topa con el camellón y la carreta se vuelca.
- Mujer y niño van al piso y están a punto de morir aplastados.
- Llego justo en ese momento a la escena.
- Me domina un impulso de participar.
- El hombre está desorientado. Se lamenta. Profiere sollozos y clama al cielo. Utiliza un español que difícilmente yo entiendo. Menciona obsesivamente algo de la zorra (Más tarde alguien me explica que así se le llama a las mulas viejas en Colombia).
- La mujer está lastimada. El caballo está nervioso.
- Tranquilizo al hombre. Le doy indicaciones.
- Primero sacar a la mujer y a la niña del paso.
- Después desenredar al caballo.
- Luego volcamos juntos la carreta y lentamente la retiramos del paso.
- Recogemos los desperdicios.
- Se aglutina gente en la banqueta y rodean al niño y a la mujer.
- El hombre no puede pensar, no puede accionar. Está en crisis.
- El último paria de Colombia. Acaso uno de los más pobres del país. Todo cubierto de mugre. En harapos. Su mujer está lastimada. Su niño llora de espanto. Su caballo tiene una herida profunda en una de las patas traseras. El eje de la carreta está sumamente dañado.
- Llegan un par de policías a dialogar. No lo ayudan. Lo presionan. Lo quieren extorsionar. Sacarle lo poco que tiene.
- Él no articula. No piensa.
- ¿Que recursos tiene este hombre?
- Su patrimonio entero acaba de ser dañado. No tiene educación. El Dios de sus plegarias parece estar demasiado lejos.
- Llega otro pepenador a auxiliarlo. Él también viene sobre una carreta con su mujer y una niña en brazos. Hablan su español antiguo y ajeno.
- Llega una ambulancia.
- Me retiro. Veo la escena de lejos. Me voy con una ambivalencia en el estómago.

El mismo día, el hombre más poderoso de Colombia y el más impotente.

Yo, en medio.

-- Relato: Arturo Peón; Foto: Álvaro Bueno


La comunidad de la canasta

El señor Ludlow era descendiente de los ingleses que llegaron a explotar las minas de Real del Monte y más tarde formaron la aristocracia de la sociedad Pachuqueña. Era el dueño de una gasolinera que estaba a la vuelta de la casa de mis abuelos.

Alentado por mi abuela, mi padre, que desde muy pequeño sintió el deseo de trabajar y ganar su propio dinero, se presentó en la gasolinera para pedir trabajo. Ludlow, un hombre hosco, lo rechazó a la primera de cambios diciéndole que un chamaco de once años nada tenía que hacer en su taller.

Mi padre regresó tristeando a casa, arrastrando la mirada.

Mi abuela, al notar su desánimo le preguntó que había pasado. No bien papá había relatado la negativa del dueño del taller, mi abuela montó en cólera, tomó su bolso, trepó a mi padre en el asiento trasero del coche y se dirigió a la gasolinera.

Papá presenció el diálogo a través del cristal del coche. La abuela no escatimó en manotazos y gestos. Ludlow terminó arrastrando la mirada.

“Tienes trabajo”, dijo mi abuela al subir nuevamente al coche.

Había amenazado a Ludlow con que su mujer jamás volvería a participar en los juegos de canasta del grupo de amigas, a menos de que aceptara a mi padre como ayudante en el taller…


Los pobres, pobres

Durante la semana santa del 2007, el gobierno del PRD dispone en diferentes puntos de la Cuidad de México, una serie de playas artificiales, una idea que ya antes se le había ocurrido al Alcalde de París.

Ramiro Fonseca, un vacacionista, al ser cuestionado por preferir como destino Acapulco en lugar de las nuevas playas artificiales de la capital, comenta: “Son para pobres. Y también nosotros somos pobres, pero con tarjeta de crédito…”

(Periódico Reforma, Ciudad, Arranca la salida de Vacacionistas, Jueves 5 de Abril, 2007).

Pequeño fresco de psicopatología

Aquel hombre pasaba por una crisis existencial. El psicoanalista diagnosticó una rara forma de neurosis con parálisis conversiva en las alas.

Cuentan que experimentaba un revés tras otro. Convocaba sobre sí todo tipo de calamidades. Acosado por la culpa inconsciente, sufría una neurosis de destino.

Se vanagloriaba de su narcisismo sin pudor ni recato. Cuentan que la más insignificante falla en reconocer la primacía grandiosa de su diagnóstico clínico desencadenaba una explosión nuclear.

Abrazaba sin recato sus obsesiones. Atizado por una cruzada ortográfica, aquel hombre recorría el ancho y vasto universo del internet señalando monosilábicos mal acentuados. Coleccionaba compulsivamente tropiezos gramaticales y otras impropiedades linguísticas.

Sus miedos fueron generalizándose poco a poco. El último síntoma que se le conoció fue una inclemente fotofobia. Fué el mismo quien le colocó la tapa a su ataud para mantener a raya el mas mínimo haz de luz.


Diario de Viajes

Una mujer madura se inscribe en un taller de narrativa.

La maestra propone un ejercicio: elaborar un cuento de viajes. La mujer escribe un relato autobiográfico ´El viaje al noviciado´.

En su narración describe la noche en que sus padres, pobres y sin medios, contra su voluntad, la dejaron en un convento pues sólo ahí la joven –casi apenas una niña-- podría gozar de techo y sustento. Las monjas, sin caridad, sin misericordia, la acosan con sus pequeñas intrigas, con sus envidias secretas. Después de un tiempo, haciendo acopio de todo su valor la joven huye y vuelve a su casa. Los padres la desconocen. La rechazan, pues su regreso los deshonra y avergüenza.

A partir de ese momento, una y mil veces repetirá la experiencia de rechazo, será una huérfana perenne. Cuarenta años de jornadas arduas, de luchas, de soledades, de puños y mandíbulas apretadas. De sobrevivir con un sueldo de secretaria. Una tarde decide que ya ha sido suficiente tiempo de tomar el dictado del jefe, y que ahora es tiempo de escribir desde su propia voz.

Se inscribe en un taller de narrativa. Escribe el relato de su vida. El relato es publicado y gana infinidad de premios.

Sin embargo, durante la escritura, la mujer enferma. El viaje narrativo ha liberado los demonios que llevan tanto tiempo encerrados en su memoria. Se oscurece.

Su ánimo declina y deja de hablar. El silencio poco a poco se convierte en demencia. Su enfermedad la inhabilita para seguir trabajando y sus medios de subsistencia se debilitan. Tiene problemas para pagar la renta. Un vecino la lleva a un hospital público donde la internan. El psiquiátrico es atendido por monjas.

Cada mañana una novicia, mientras le cambia los pañales y le limpia pacientemente las babas, le habla con ternura: “Viejita…, viejita bonita, ¿En dónde andas?... ¿Quién eres?... ¿Quién te lastimó?... ¿Quién, viejita, niña bonita?...”

Pecado original

Apenas era el principio de los tiempos. Y teniendo frente a sí la eternidad entera, Dios, un viejo de barbas blancas rodeado por huestes de ángeles, se aburría.

Para mitigar el fastidio propuso entonces a los ángeles un juego: cada uno habría de ensayar la representación de algo totalmente nuevo; algo hermoso.

Entusiasmados por el desafío, se entregaron todos a la tarea.

Sobre la bóveda celeste, con sus dedos, Dios pintó una serie de tres imágenes en colores sepia y plata: el vasto mar, un sol inconmensurable y un árbol de frutos iridiscentes.

En otro sitio distante, el más joven y hermoso de los ángeles trabajaba afanosamente con una burbuja de aire y pintaba con colores de transparencias y brillos de estrella. Modeló un pez de mil escamas de colores, en cuyos ojos parpadeaba el infinito.

Cuando concluyó el tiempo convenido, se reunieron todos para presenciar las obras que cada uno había creado.

Cuando tocó el turno a Dios, no hubo quien no quedara deslumbrado frente a la maestría de su creación.

Sin embargo, aquella primera emoción quedó pronto opacada por la obra de aquel joven ángel: no hubo quien no se sintiera conmovido al ver flotar serenamente sobre sus cabezas a aquel pez multicolor.

Colmados de verdad y de belleza el grupo de ángeles declaró al joven como el ganador del concurso.

Un destello súbito y un sonido seco interrumpieron la algarabía.

Era Dios, que lleno de envidia frente al ángel, desafiado por el veredicto, irrumpió en el centro de la reunión.

Los ángeles lo miraban en silencio.

Envuelto en un frenesí de odio y amargura desconocidos, Dios tomó el resto de la masa de aire que había usado el ángel y la desmoronó en un fino polvo de estrellas. Tomó un poco de saliva y empezó a modelarla con sus manos.

Al poco tiempo aquella masa había cobrado forma. Entonces sopló. De su boca salió una niebla verde que emitía una luz de una intensidad enceguecedora. Finalmente tomó un puño de nube y lo arrojó con fuerza a la cara de la figura que recién había formado.

La forma cobró vida. Dios había creado un hombre.

Los ángeles observaron el proceso con una mezcla de temor y asombro. Frente a la evidencia de que el hombre era la más hermosa creación del universo, se inclinaron frente a Dios en reverencia.

Mientras tanto el joven ángel temblaba de impotencia. La furia que sentía alimentó la determinación de su espíritu para pasar al frente y confrontar a Dios.

Clavando su mirada en aquel Ser imponente le comunicó su decisión de exiliarse. Agregó con voz honda y ronca que prefería vivir solo para toda la eternidad que bajo el imperio de un Dios mezquino y veleidoso.

Se marchó sin mirar atrás.

Dios lo dejó partir sin responder. Sabía que algo se había roto y que no había forma de transponer la distancia que se abría entre ellos irremediablemente.

Y así, empezando a sentir sobre sí el peso de la tristeza y la vergüenza, dio media vuelta y lentamente se marchó a descansar.

Todos los ángeles se retiraron detrás de Dios, excepto los más viejos, que fueron rezagándose intencionalmente.

Apartados y en voz baja, deliberaron.

Determinaron que Dios había violado las reglas del concurso y había abusado de sus poderes. Coincidieron en que Dios debía de ser castigado, pues esa era la única forma de restablecer el balance del universo.

Apesadumbrados, acordaron el castigo: Dios nunca podría disfrutar de su creación.


Y así, mientras Dios dormía, envolvieron al hombre en los lienzos del vasto mar, el sol inconmensurable y el árbol de frutas iridiscentes, y lo lanzaron al vacío.

Después, tomaron un puño de los restos de la niebla verde del aliento de Dios y dieron vida al pez que había modelado el ángel exiliado. El pez nadó serenamente en una órbita alrededor de los ángeles. Apenas había completado la segunda vuelta, en un arranque súbito, los ángeles lo vieron perderse para siempre en el abismo por la misma ruta hacia donde el hombre había desaparecido.

Tras recorrer eras y galaxias, el pez dio alcance al hombre y de un solo bocado lo engulló entero.

Desde entonces el hombre navega el universo –lejos de donde está Dios— envuelto en imágenes hermosas y huidizas, sitiado en la oscuridad de la panza de un pez multicolor detrás de cuyos ojos parpadea el infinito.

-- A.P.

Reality Therapy

Él camina una ruta de tristeza por la desesperante transmutación de la niña de sus ojos en un fantasma.


Meses de soñar con un tiempo futuro en el que quizá... si el destino fuera favorable... si el corazón fuera valiente... si ella no hubiera encontrado a nadie y un rayo de luz la iluminara... y estuvieran solos, sin compromisos y nostálgicos... si la memoria de lo lindo prevaleciera y el olvido de lo feo hubiera ya arribado... y se volvieran a encontrar...

Pura "chaqueta mental", como apropiadamente le llama su grupo de amigos a la trampa de reproches interminables, laberintos de ambivalencia e ilusiones infundadas que sobrevienen a la muerte de todo amor.

Entonces, en un viaje de trabajo a otro país, una noche inesperada, en una esquina inesperada, él se topa a una colega de la universidad, con la que siempre ha compartido un vaivén invisible.

La noche discurre entre cervezas y langostas de Maine. Y una larga puesta al día, en donde ella le cuenta que está en esa ciudad para estudiar una maestría en "Terapia de Realidad".

La noche termina como deben terminar las noches de azarosos reencuentros, cuando uno deveras tiene ganas de cobrarle cuentas pendientes al pasado y encuentra el valor para asumir visiblemente su parte del vaivén.

Al día siguiente, montado en un avión que lo lleva de vuelta a casa, mientras revive cada estación de aquella noche, escribe un poema.

"Reality Therapy"

It´s just cowardness
To argue
that depression
Is a ghost
That arrives
Uninvited.

It´s always us
Who call
grief
Upon our hours.

The warmth of your body
Your teeth
Your hands
trying to rip
my heart
out

Shared hopes
Our tremble

Remind me
That I have
The power
To choose
This smile
This tender kiss.

That we are
free
To build
this instant.

To be.

Mira através de la ventanilla del avión y sonríe, pues ha visto la salida del laberinto.

Ingora, tristemente, que aún le restan varios años de encierro...

--A.P.

Un muro en San Francisco

La imágen me asaltó desde un muro cuando caminaba por las calles de San Francisco. El poster de un bombero encarando un infierno hirviente. Un apocalipsis de llamas y calores insoportables.

Seguramente fue la inscripción debajo del poster --God bless America-- la que me hizo relacionar la escena con los eventos del once de septiembre. Pensé: Estos gringos son impresionantes. Su soberbia etnocéntrica, autocelebratoria, no tiene límites. Están tan embebidos en su orgullo nacionalista que no se dan cuenta que es precisamente esa actitud la que enciende las pasiones en su contra.

Tomé el poster como un signo profético. Tarde o temprano esta escena volverá a hacerse realidad, pensé.

Días más tarde tuve una profunda experiencia espiritual caminando los Bosques de "Big Sur". Fui impregnado por el aire fresco de la costa Californiana y los infinitos verdes que conviven en la reserva de Big Creek. Ví robles rojos de una altura imposible. Me recargué en la rugosa corteza de troncos milenarios. Caminé bajo copas de árboles que formaban bóvedas inmensas, como naves de catedral. Escuché la música que el viento hace al mecer las ramas de un bosque de robles enanos. Ví un cementerio de troncos sobre arena blanca, al pie de un mar azul grisáceo, indomable y profundo. Me sumergí en una poza natural de aguas termales, en medio del bosque, en silencio, codo a codo, con los compañeros de expedición. Cada uno convocó simbólicamente a ese sitio sagrado a las personas más significativas de su vida.

Cuatro días de naturaleza y caminata y poesía escrita por poetas de la región (Mary Oliver, Gary Sneider) me cimbraron hasta los huesos.

La última tarde, mientras nos detuvimos a tomar agua y a jalar aire, Michael Murphy --uno de los guías que ha caminado estos bosques desde que tiene uso de razón-- contó que el sitio en que estamos parados existe de puro milagro: "En el 2008 la franja de fuego de los incendios que arrazaron cerca de 35,000 hectáreas de bosque californiano quedó apenas a unos cuantos metros de donde estamos. El que aquí haya bosque se lo debemos a un puñado de bomberos. Un reducido grupo de hombres infatigables que a punta de pala y hacha construyeron las tres líneas de defensa que consiguieron finalmente detener las llamas."

Conmovido, me perdí los últimos detalles de la historia. Fuí secuestrado por el recuerdo de la imágen del póster. Un bombero encarando un infierno hirviente. Un apocalipsis de llamas y calores insoportables.

Fatalmente, como si estuviera aguardando agazapada en mi garganta, la inscripción del cartel irrumpió en mi boca: God Bless América.

Political Gang Bang

El profesor Z inició la ofensiva, con un pedante desplante en inglés: I hate democrats because I never know what they stand for, a lo que el profesor N reviró sin pestañear And I hate republicans because I know exactly what they stand for.
¿A qué te refieres?, reaccionó Z, como si hiciera falta explicar. N. contestó: Ni siquiera a un viejo rancio como tú le costará aceptar que la izquierda tiene ideales, mientras la derecha tiene intereses.
Yo quise desmarcarme elegantemente: A la izquierda los revolucionarios, a la derecha los reaccionarios. En el centro los hombres. Los que eligen su propio destino. Es decir tres o cuatro.
Precisamente tres o cuatro tequilas demás demostraron la ingenuidad de mi intención mediadora. Mis interlocutores confirmaron su calidad de bestias refinadas y me enviaron al hospital con una paliza a deux.

--APB

Juan 14, 1-4

“Sólo algo así podría cimbrar la casa y provocar que de ella no quedara piedra sobre piedra…” dijo con preocupación el Papa Juan Pablo V al recibir de monseñor Alberti la confirmación del aterrizaje de una nave extraterrestre en los suburbios de Beijing.
- APB

Causa Raiz

Casi una semana después de que los afiliados dejaron de ir al club porque la alberca estaba fría como témpano de hielo, el intendente encontró los cuerpos de los novios –un par de adolescentes apenas— desnudos, calcinados, entrelazados, sobre los tubos de la caldera.
--APB